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Año 150

Gustavo Duch, escritor

“El mundo entero se había puesto en movimiento. El asentado universo se estremecía todo y parecía recién hecho –observaba la sirena de José Luis Sampedro- porque se mostraba haciéndose a cada instante. El mundo había roto sus cadenas.”
Estamos en el año 150, alrededor de un conjunto de edificios tan descascarillados como veces repintados. En uno de ellos un grupo de jóvenes practican danzas de todas las épocas y lugares; en el piso superior hay una sala como de informática pero con ingenios desconocidos ahora; seguimos subiendo y, en unas mesas como para veinte o treinta personas, niñas y niños disponen los utensilios para comer, mientras en frente se prepara la comida que, nos indican desde la ventana, llega de esos huertos comunales.
La música nos acompaña todo el camino y decidimos entrar en otro de los edificios, que parece una pequeña estación de tren, de estilo modernista. Es una escuela cooperativa, nos cuentan, y tenemos la oportunidad de escuchar como entre todas y todos plantean, reflexionan y comprenden en lo que hoy aún llamamos ‘clase de Historia’. Hablan del Año Uno, y tomamos apuntes de lo que dicen que fué:
Un motín ilegal que okupando plazas vedadas, emitiendo por ondas prohibidas, boicoteando empresas de la especulación o impidiendo desahucios y cierres de centros médicos en tantos sitios, empujó y aceleró el derrumbe de fortificaciones capitalistas.
Un alzamiento valiente pues las asambleas, las ágoras y  las largas discusiones que ahí se tuvieron fueron, más que todo, Espacios Libres de Miedo, donde se reaprendió a pensar en libertad, y se pensó diferente, rindiendo pleitesía a la diosa Creatividad. A nadie más.
Una revolución invidente, pues el mundo nuevo que ahora disfrutamos primero había que soñarlo para luego inventarlo. Y se soñó, como constaba en las pancartas de la época, “un mundo mejor es posible”.
Un parto sin patrones y sin patronos.
Un movimiento infinito en numeradores pero con valores comunes y renovados: el bien común entre pueblos y generaciones, en un vientre global, la naturaleza.
Un caminar desencaminado, sin brújula, mapas o fórmulas mágicas pues se desconocía la ruta, nadie la había trazado, pero eso lejos de frenar el paso, les llevó a la meta.
Un caldo con muchos tropezones, fallos y desaciertos. En este nuevo mundo, ahora lo sabemos,  acertar no siempre es bueno, donde lo bien y mal hecho tiene nuevos significados.
Una revolución degenerada, de feminismos y masculinismos que generaron nuevas relaciones de género. Maleducada, donde los modales de urbanidad cambiaron a modales de ruralidad.  Cooperativa, de cooperativas de consumo, de producción o cooperativas integrales, que acabaron con el consumismo. Comestible, donde los alimentos dejaron de ser negocio. Una revolución limpia, sin el humo que vendían las burbujas ni el humo que expedían las fábricas.
Fue una pobre revolución pues el dinero perdió su valor
Y caemos en la cuenta. Hoy, 12, 13, 14 ó 15 de mayo, es el Año Uno de una era en la que «estallan pequeños deterioros, sombras de futuras grietas, advertencias de desmoronamientos». Palabra de Sirena.

 

Baserri Bizia 40


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