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Dos jóvenes emprendedoras y un mismo proyecto agrosocial

A Ainara Baguer y a Izaskun Urbaneta les une la educación ambiental, la recuperación de los molinos, la elaboración de pasta con trigo ecológico, una huerta ecológica y su ideología transformadora

 

 

Izaskun Urbaneta, 26 años, y Ainara Baguer, 29 años, que se conocieron trabajando en un programa de educación ambiental en 2009, llevan un año de continuo trajín por toda Bizkaia para poner los cimientos de un proyecto agrario común. Ya han empezado a dar los primeros pasos con espíritu emprendedor y mucha ilusión. Quieren compaginar huerta y elaboración de pasta, todo ello ecológico. Han participado en los cursos intensivos de agroecología de EHNE-Bizkaia y tienen claro “que hay que trabajar con la azada, pero también políticamente”. De hecho forman parte de las iniciativas participativas que en torno a la reivindicación agroecológica han surgido recientemente en Uribe Kosta, presentada el 21 de julio en Sopela, y Arratia, cuyo primer encuentro tuvo lugar un día antes en Igorre.
“Cuando nos terminemos de instalar en Zamudio, tendremos que formar otro grupo de acción en Txorierri”, apunta Izaskun. Esta joven vive en Igorre en una casa junto a otros seis jóvenes, donde tienen huerta y gallinas para autoconsumo. Ainara, por su parte, vive en Plentzia y comparte con dos amigos huerta, gallinas y cabras para autoconsumo y amistades en un pequeño terreno que les dejaron en Erandio hace dos años. “En Uribe Costa hay un problema muy grande respecto a la tierra, por la especulación. Y si no tienes a tu familia que tenga tierra, que es mi caso, es muy difícil instalarte en el sector”, explica.


Molino y trigo
El encuentro para este reportaje no se hizo en ninguna de todas esas localidades mencionadas, sino en Galdames, en el caserío-molino Valdivian, donde fueron a moler trigo con la ayuda de su dueño, Pablo Palacio. Este conocía al padre de Izaskun, que tiene huerta en Muskiz, y les deja desinteresadamente usar el molino, además de ayudarles en la molienda. Los restos que quedan suministran a las gallinas que tienen ambas por separado.
“Empezó todo con nuestro interés por recuperar los molinos y el trigo para hacer educación ambiental, pero con el tiempo fue derivando en la idea de hacer pasta. Una amiga que había estado mucho tiempo en Italia nos decía que aquí no había pasta ecológica”, relata Izaskun.
“El tema de los molinos es una tradición antigua y la pasta una necesidad nueva -sigue Ainara-. Estuvimos investigando sobre el trigo que se plantaba aquí, en la costa atlántica. Contactamos con el Banco de Semillas de Madrid, cogimos semillas que se sembraban aquí hace 50 años y plantamos en distintos sitios a ver cómo salían y hemos ido descubriendo que en realidad hay dos tipos de trigo, el blando para hacer el pan y el duro, que se utiliza para la pasta; le da esa elasticidad y tiene un grano vítreo. Este trigo ecológico que estamos moliendo hemos traído de Valladolid. Ahora estamos hablando con un joven de Nafarroa que quiere sembrar trigo duro. La idea es traerlo del sitio más cercano posible y cuando se pueda sembrarlo nosotras”.
Ya han empezado a hacer los primeros pinitos. “Hemos vendido en un par de ferias y a un grupo de consumo. La gente se ha quedado contenta. Al principio, la hacíamos un poco vasta, demasiado integral. Ahora dejamos menos salvado, pero queremos recuperarlo, porque es muchísimo más sano. Queremos dar todas las posibilidades, que la gente pruebe y que elija la que quiera”.
Afirman que la técnica de hacer pasta no es complicada, “mucho menos que hacer queso. Se hace una mezcla de harina de trigo, agua y con verdura, ya sea remolacha, calabacín, ajo, cebolla, de diferentes clases”. Lo cierto es que en el mercado no suele haber tanta variedad, salvo en tiendas especializadas. “El único problema que tiene es el punto de humedad, que puede hacer sufrir la pasta. Hay que dejar secar, en verano un día o dos, y en invierno hay que usar una secadora. Empezamos en fresco, pero vimos que no se podía porque necesitas refrigeración y el consumo tiene que ser casi inmediato”.

Huerta
Les han dejado siete mil metros cuadrados de tierra en Zamudio, “que es más o menos el punto intermedio de donde vivimos ambas”, especifican. Tienen ya mil metros plantados y han comprado un invernadero. Parte de esas verduras son para hacer la pasta. Han alquilado un local y su idea es crear un grupo de consumo.
Resumen así su experiencia y anhelo. “Empezamos con la idea en la cabeza el verano pasado y poco a poco hemos ido dando pasos, pro todavía nos queda mucho, porque nuestra idea es con el tiempo poder alquilar un molino y poder producir también trigo y aprovechar el espacio para poder ofrecer algo de educación ambiental”.

Pablo Palacio, molinero de tradición familiar

Pablo Palacio nació en el caserío/molino Valdivian de Galdames hace 63 años y es hijo, nieto y viznieto de molineros. Conserva el molino en buenas condiciones. Lo utiliza para hacer pienso para su ganado. Tiene 45 ovejas y dos vacas de carne; hace unos meses ha quitado los novillos. “Antes trabajaba para almacenes y ahora es para casa, para la familia y regalos. Traigo cebada y trigo y lo mezclo con maíz que produzco y hago pienso para los animales. No me llega, pero me ayuda. En invierno fabrico un poco de harina de talo, pero ya no vendo. Lo hago más que nada por mantener la tradición molinera. Antes había muchos molineros, pero se ha ido dejando”.
Le hace mucha ilusión que Izaskun y Ainara vayan a su molino a moler trigo, “que hace años que no se molía aquí. Antes se molía trigo para pienso, pero para comer no”.
Considera, no obstante, que es muy difícil que se vuelva a recuperar el uso de los molinos, “porque la mayoría están en ruinas y normalmente tienen poca agua. Aquí en verano andamos muy mal; hay muchas viviendas nuevas y el río es cada vez más pequeño y el agua no llega. Luego aquí tenemos un cauce largo, de 360 metros, y cuesta mucho tiempo limpiarlo; se amontona maleza, se meten lodos en invierno”.
Valora el pienso que hace él mismo porque “sabes qué das a los animales, pero luego vas a venderlo y el precio es el mismo”. Mantiene año a año su propia producción de maíz, el rojo y el amarillo, y “si viene un cliente que trae buen maíz pues le cambio, un poco para seguir la tradición”.

 

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